La historia del alumbrado público porteño

Durante cientos de años, luego de la fundación de Buenos Aires, el alumbrado privado se resolvía mediante velas y el alumbrado público representaba un problema sin resolver. Fue en 1744, cuando se ordena a las pulperías encender faroles por la noche, que se consideró la primera iluminación en la vía pública. Años posteriores a ese hecho, comenzaron a incorporarse faroles a vela en algunas calles de la Ciudad. Los vecinos beneficiados eran los encargados de pagar el costo de mantenimiento de los mismos.

Buenos Aires era apenas una aldea de calles de tierra donde el amparo de la oscuridad de la noche, los caminantes eran víctimas de asaltantes o podían caer en los muchos pozos que hacían casi intransitables sus calles. Para aliviar la situación, el Gobernador de Buenos Aires, JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ Y SALCEDO el 2 de diciembre de 1774 ordenó pregonar un bando que establecía la instalación del primer sistema de alumbrado de la ciudad de Buenos Aires, mediante el uso de faroles con velas.

Primer alumbrado público (12/12/1774)
Aquellas primeras luces utilizaban velas de sebo muy similares a las actuales. En en los interiores de las casas, se colocaban en candelabros que se distribuían por todos los ambientes y para iluminar los frentes de las casas y los comercios, se utilizaban unos rústicos “faroles”, que eran unas simples cajas de madera cubierto uno o varios de sus frentes con papel, en cuyo interior se colocaba una vela, que quedaba así precariamente protegida del viento y la lluvia. Para andar por las angostas calles era imprescindible ir acompañado de un “negrito farolero” (así le decían), que marchaba adelante llevando uno de estos “faroles”, para advertir acerca de pozos complicados y rejas peligrosas.

El bando emitido por VÉRTIZ Y SALCEDO contenía detalladas disposiciones y se nombraban “comisarios para el alumbrado”, quienes, a su vez, debían designar en cada cuadra un encargado de limpiar y encender faroles, pues esta tarea estaba a cargo de ellos. Este cargo se daba al vecino o comerciante más cercano al farol y esta responsabilidad era una carga pública, y la falta de cumplimiento a las muchas disposiciones que debían cumplir, se castigaba con multa. El bando establecía, hasta en sus menores detalles, la forma de cuidar los aparatos de iluminación: cómo debían abrirse, cerrarse, limpiarse, colocarse las velas, y asegurarse para que el viento y el granizo no los perjudicasen. Al negro esclavo que por encargo de su amo debía atender el farol y lo rompía, se le aplicaban cincuenta azotes, estando a cargo del amo las composturas del desperfecto y cualquier otra persona que dañase el farol era castigada con diez o quince pesos de multa. Es evidente, que las autoridades, preocupadas por el incremento de la delincuencia que generaba la falta de luz en las calles, se desvivía impartiendo disposiciones para el uso y el cuidado de los faroles.

En 1780, el mismo VÉRTIZ, quien, ya como Virrey del Rio de la Plata volvió a Buenos Aires mejoró y reglamentó este servicio, considerando hasta sus últimos detalles. Ordenó pregonar un bando que establecía la obligatoriedad de su instalación y dispuso que debía ser costeado por los vecinos que se beneficiaban con él, abonando a razón “de veinte centavos por puerta”. Por esta iniciativa VÉRTIZ es conocido como el “virrey de las luminarias”. Otorgó la concesión a Juan Antonio Ferrer, quien se constituyó en el primer empresario de la iluminación. De todas maneras, era un sistema muy precario ya que los faroles se ennegrecían de inmediato, atenuando la iluminación que ofrecía la llama.

Con el tiempo los faroles fueron mejorando, se les agregó velas de estearina y el papel se reemplazó por vidrio, pero éstos solían ahumarse, lo que hacía que la iluminación, muchas veces fuera ilusoria. Pero a pesar de todos los esfuerzos que se realizaban, el sistema de atención por parte de los vecinos fracasó y así quedaban esos tristes faroles, sin velas, velados o rotos sus vidrios e inútiles para la función que se les confiaba.

En 1788, tratando de mejorar el alumbrado de las tenebrosas calles porteñas, VÉRTIZ “privatizó” el servicio, pero esto tampoco funcionó. En 1792, el Cabildo resolvió cambiar el alumbrado a vela por el de aceite, pero la falta de fondos malogró la iniciativa y así, las calles de Buenos Aires siguieron sin una buena iluminación

En 1797 los Cabildos de Buenos Aires y del interior, asumieron la administración del alumbrado público sin demasiado éxito en su gestión, ya que los vecinos se quejaban de que las velas que se entregaban, eran tan pequeñas que en mitad de la noche ya se habían consumido, dejando apagados los faroles, sin prestar utilidad alguna y que el mantenimiento, tarea que ahora estaba a cargo del Cabildo, era muy deficiente. A comienzos de 1808, quedaban solamente alrededor de 700 faroles con velas de sebo, iluminando la ciudad de Buenos Aires, pero era un servicio que no satisfacía a nadie.

Durante la Revolución de Mayo, la única forma de iluminación eran las velas de sebo. En los interiores se colocaban en candelabros. Afuera de las casas, se usaban faroles para proteger la llama del viento y la lluvia.

En 1823, Santiago Bevans (abuelo de Carlos Pellegrini) fue el primero en promover las lámparas de gas y el 25 de mayo de ese año, para los festejos del día patrio, la actual Plaza de Mayo se iluminó como jamás se había visto gracias a los 350 faroles utilizados. Más adelante, iban a usarse con estos fines kerosene y alcohol.

Por medio de todos estos sistemas, el dentista Juan Etchepareborda se entusiasmó con un sistema que se usaba en París: la iluminación eléctrica. El próximo intento, pero con esta tecnología, siempre con la supervisión del nombrado, fue nuevamente un 25 de mayo, pero ahora de 1854 que tanto la Plaza de Mayo y la casa de Felipe Senillosa, quien vivía al lado de la Iglesia de San Domingo (Belgrano y Defensa) brillaron con los nuevos dispositivos.
La desconfianza de los porteños hacia la energía eléctrica, definió el duelo hacia la iluminación a gas por lo que se instalaron gasómetros en los barrios para abastecer de este servicio público a los vecinos. Las dudas que tenían las autoridades de la Capital Federal hicieron que en 1883, La Plata se le adelantara en la materia y estando ésta dispuesta a ser una ciudad moderna, se convirtiera en la primera de América Latina en contar con iluminación eléctrica.

El hecho que las ciudades comenzaran a disponer de energía eléctrica con generación local y la distribución mediante redes apropiadas llegar a las viviendas de sus habitantes, hizo posible usar este fluido precisamente para activar las nuevas fuentes de iluminación que en principio eran una especie de farolas que empleaban lámparas de arco eléctrico con electrodos de carbón y corriente alterna, que garantizaba que éstas ardieran de forma regular.
La luz de arco eléctrico tenía dos grandes inconvenientes. La primera que era muy intensa y con gran desprendimiento de calor, y además requería mucho mantenimiento debido al rápido desgaste de los electrodos de carbón. A finales del Siglo XIX, con el desarrollo de lámparas incandescentes baratas, brillantes y fiables, las de luz de arco quedaron en desuso para el alumbrado público, permaneciendo para usos industriales.
La lámpara eléctrica es un dispositivo de por si por todos conocida, que produce luz a partir del calentamiento por efecto Joule de un filamento metálico de tungsteno (wolframio). Su creación no se debió a Thomas Alva Edison, ya que había habido con anterioridad patentes de este invento, pero fue él quien creó la única que funcionaba. Este filamento, como es conocido, es encerrado en una ampolla de vidrio en la que se ha hecho el vacío o se ha rellenado con un gas inerte a los efectos que el mismo no se volatilice por las altas temperaturas que alcanza. El tamaño de la ampolla es proporcional a la potencia en juego y con ello la disipación del calor está en relación de la superficie de la misma. Véase que la tecnología es poco eficiente en este caso ya que el 85 % de la energía se transforma en calor y sólo el 15 % en lumínica. No obstante, su invento es considerado como uno de los más trascendentes del siglo

En 1880 se produce la declaración de Buenos Aires como Distrito Federal y la Avenida de Mayo fue la primera avenida de esa Buenos Aires. Estrenó sus primeras farolas ornamentales eléctricas instaladas a fines de la década de 1890. Pero en 1911 cuando comenzó la construcción del tranvía subterráneo, actual línea A del subte, las farolas fueron removidas y reemplazadas por un modelo provisorio.

Fue el multifacético Jorge Newbery quien se preocupó por la introducción de las lámparas de filamento de tungsteno que reemplazaron a las de carbón. Ocupó el cargo de Director del Servicio de Alumbrado de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires hasta el día de su muerte.

Años posteriores, se implementó un modelo de alumbrado de “la Fundición Val d’Osne” que se instaló en la Av. de Mayo, Plaza de Mayo, Plaza Congreso y las nuevas diagonales. Era un modelo de tres y cinco brazos, originalmente tenían una esfera “flotante” que luego fue reemplazada por el plafón que hoy podemos ver en estas avenidas.

Entre 1922 y 1925 se puso en marcha el “Plan Noel”: el primer plan urbano que considera a la Ciudad como un organismo cuyos problemas y posibilidades deben ser contemplados en conjunto, en forma articulada y en toda la extensión del territorio en consonancia con una nueva disciplina.

Fue en 1925 cuando la entonces Municipalidad de Buenos Aires, sacó un comunicado con el título “el nuevo alumbrado de Buenos Aires” diferenciando así, un modelo de luminarias que se colocarán en las avenidas y otro modelo en los parques. Si bien los modelos eran de procedencia europea, su fabricación se realizaba en talleres privados o nacionales.

El modelo de alumbrado “Canopias”, que hoy puede verse en Recoleta y Retiro, con sus variantes de uno, dos, cuatro y hasta ocho brazos fueron implementadas en la década de 1930. También se implementó, para esa misma época, otro modelo llamado “Globo” que al día de hoy predomina en la Plaza de Armas.

Por su parte, la Avenida 9 de julio recibió las farolas del modelo “Canopias”, que luego fueron retiradas en su posterior transformación. Hoy este tipo de luminarias pueden encontrarse en la barranca de la Plaza San Martín.

Hace algunos años, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires logró recuperar los cabezales originales de “la Fundición Val d’Osne”, y repuso las luminarias en algunas avenidas que se habían perdido como por ejemplo en Av. Córdoba.

La evolución de los artefactos, que se fueron reemplazando a medida que avanzaba la tecnología, incorporando paulatinamente reflectores, refractores, alojamiento de equipos, y cambiando su fuente luminosa, fue permitiendo mejorar los parámetros y dándole mayor vida útil al equipamiento, hasta llegar en la actualidad a la tecnología LED.

En 2019 finalizó el proyecto de recambio de todo el alumbrado público a tecnología LED. Esto marcó no sólo un salto tecnológico, sino también un plan de obras que implicó la incorporación de columnas en avenidas y calles en zonas donde la iluminación resultaba deficiente, como así también la instalación de luminarias peatonales, impactando en la seguridad de las veredas

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